Magia. Hoy vamos a hablar de magia, pero antes mandaremos un saludo. Hoy me gustaría saludar a una mujer pintora, una de esas mujeres que ven pocas obras en los museos firmadas por Ellas, una de esas que pone todo su cariño en lo que hace, una de esas que con cierto temor al examen del público esconde sus pinturas esperando a algún ser bondadoso que las juzgue sin humillar, a esa mujer pintora: ánimo, adelante y un cordial saludo, yo quiero ser tu público.

Dicho esto vamos a desvariar un poco; yo soy pintor, si no desvarío me falta algo y como ser completamente imperfecto necesito una imperfección más en mi paupérrimo currículum de virtudes. Mezclar es mi clave, si no puedo gritar y susurrar no tengo nada que decir, me callo y me voy, me escondo y me apago, desaparezco. Necesito un público y no uno cualquiera, necesito un público que me necesite.

Vamos a ser salomónicos. El público es necesario, el artista es necesario, la obra es el enlace entre esos dos extremos. Ninguna ecuación es más fácil de entender pero ninguna se entiende peor que esta. No tendría que ser necesario -lo es- decirle a la gente que respete. Hay que respetar al artista, ese examen al que se somete es duro, aquello que desarrollas en la más absoluta soledad de repente un día ve una luz inmensa que puede ser cruel y lo es, pero también puede ser la más grande de las emociones que el artista reciba y no es casualidad que esas emociones vengan de ese lado llamado » público», el Público eres tú, el Público soy yo, usemos nuestro poder de forma justa y valoremos sin humillar, puede que ese artista quiera darnos las gracias, puede que sepa valorar nuestra fuerza como público no por miedo si no por respeto.

Ser salomónico está bien, pero a veces hay que ponderar, a veces hay que ver la justicia en la desigualdad, el cincuenta por ciento es poco justo cuando de un lado hay millones y del otro sólo uno. A esto lo llamaré Redistribución del Mérito y me quedo tan ancho.

La virtud de un artista está en su capacidad de expresar, impactar y transmitir, ya sea belleza, ya sean horrores, pero ¿a quién? Esa carta tiene un destinatario, si no, escribirla tiene un sentido relativo ¿egoísta? Puede. No seré yo quien lo diga.
Pero y ¿la fuerza? Lo siento, pero la fuerza la da el público, odio sobremanera esa manera de juzgar una obra diciendo » tiene fuerza» Mentira, la obra no tiene más fuerza que la que el público le otorgue, posiblemente porque si no hay juicio no hay pena ni absolución, posiblemente porque el arte es una cuestión humana y la fuerza del mismo no es monopolio de nadie si no juicio de muchos. Ahora que ya he creado cierta controversia ya me siento mejor, ya vuelvo a estar sentado en el banquillo de los acusados, un sitio cómodo pero al que hay que acostumbrarse. ¡A juzgar! Que nadie os lo impida.

Ser artista es difícil, hay horas de concentración, horas de dispersión, inoperancia, desasosiego, frustraciones y mil cosas más llegadas de los avernos. En el lado opuesto -en el celestial- está la satisfacción, la felicidad y la ilusión. Todo esto mezclado forja al artista, lo crea o lo inventa, lo muestra ante su público que juzga y crea esa ecuación donde la Magia es la constante y las incógnitas su genoma.

Hoy, ahora y siempre, Gracias.

Luis Díaz de Pedro
Pintor ex professo.


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