Entonces David pensó que quien era él para juzgar a nadie. Juan Antonio podía estar perfectamente orgulloso de lo que le plazca. Un tipo al que, a fin de cuentas, nadie le había regalado nada y luchó desde muy temprana edad para mantener a su familia, para prosperar en una dura profesión. Sí, Juan Antonio no tenía estudios, pero estaba orgulloso de tener otra universidad, otra escuela, la que le enseñó que nadie regala nada, la que le preparó para construir una familia, un hogar. La escuela de la vida le enseñó que podía pasar por malos momentos, que podía haber llegado tan arriba como se propuso y que a medio camino las reglas del juego habían cambiado para él y que ahora le tocaba volver a luchar para que a su familia no le faltase de nada.

Nunca fue un tipo sensible, eso es cierto, pero tampoco le hizo nunca mal a nadie. A su mujer la amaba a su manera, la mejor manera como sabía hacerlo y ella lo aceptó, por que era ella quien de verdad lo conocía, y no David que era quien observaba desde la barrera, con superficialidad, sin entender esa esencia de historia y sentimientos de más de 20 años de relación.

David había juzgado desde una superioridad moral ridícula a dos personas, que eran eso: personas. Personas a las que sí, les gustaba aparentar, y sí, se habían dejado llevar por aquel sueño de clase media alta que el sistema, avalado por los políticos y las entidades financieras les había permitido creer que era posible. No sabían que era todo una trampa de gente codiciosa que jugaba con el poder y el conocimiento que tenían para aprovecharse de los que poco podían hacer para evitarlo.

Ahora pasaban una situación muy difícil, y aunque él no fuese sensible, sí sufría una depresión interior que no manifestaba porque tenía que ser fuerte, seguir hacia adelante. Hundirse sería fallarle a su mujer y a sus hijos. Y su mujer otra víctima de un sistema implacable, que no perdonaba, intentaba continuar con su vida normal. Una vida que había construido bajo los pilares del amor a sus hijos, a su marido. A la vida solo le pedía eso, estabilidad económica, una casa que sin ser ni mucho menos lujosa era la casa de sus sueños, su hogar… Su sentido de la felicidad era tenerla gracias a lo que veía a través de los ojos de sus hijos.

Se dieron ciertos lujos, sí. ¿Pero era eso pecado? Podían hacerlo y ¿a qué coño venía que ahora alguien les dijese que habían vivido por encima de sus posibilidades? Vivían a las posibilidades que tenían, nadie les advirtió de lo contrario.

Eran dos personas que disfrutaban de las pequeñas cosas de la vida, un partido de fútbol, un programa del corazón que les permitía evadirse momentáneamente de su vida cotidiana, de una charla en el bar. No eran héroes ni lo pretendían. Solo querían justicia. Y justicia era un mundo donde a nadie le faltase un techo, un hogar, donde nunca faltase comida, donde la gente pudiese tener esos mínimos para algo de ocio.

No, el problema de España no eran los españoles. Nadie los había preparado para crear un mundo perfecto. Nadie les había inculcado valores más allá de los adquiridos por el entorno que les rodea desde la infancia. El problema de España eran esas personas cuya codicia no tenía límites y que no solo miraban a ese matrimonio desde la superioridad, que no solo les habían parado una trampa, sino que encima les habían puesto el pie en el cuello y no tenían intención de levantarlo. Ese era el problema de España.

Sí que podíamos acusarlos de no usar el poder que les otorgaban las urnas para intentar cambiar el sistema establecido mediante unas elecciones. Pero tanto Juan Antonio como su esposa no creían en los políticos, pensaban que votasen a quien votasen nada cambiaría nada. Les habían robado la esperanza.

No, no eran héroes, quizá aportaron su granito de arena para que se llegase a la situación económica actual, pero no eran verdugos, eran víctimas de los que se suponían eran los verdaderos héroes, los que velaban por el bien del país y absolutamente todas sus gentes.

El problema de España eran esas personas que pudiendo, no tenían intención de cambiar nada. Esa gente que olvida que detrás de cada mirada, hay una persona que siente, que ha venido al mundo a ser feliz.

No todo es blanco y no todo es negro. Pero David pensaba, deseaba que esa gente inteligente, preparada, que había sido elegida para velar por los intereses de la sociedad porque en teoría tenían esa capacidad, actuasen en consecuencia y creasen ese mundo en el que,  no era necesaria la igualdad para todos, pero si al menos un mínimo para todos.

Sería posible, estaba seguro, y apelaba a que por una vez, los políticos apelasen a la integridad moral y a su profesionalidad, a fin de cuentas ese era el trabajo que habían elegido y para el que se les pagaba, para crear una sociedad más justa.

Y deseaba que de verdad l0s españoles entendiesen que podían aportar su granito de arena en ese cambio. Yendo a las urnas, presionando. En el fondo nadie les había preparado para algo tan serio como la democracia, porque no les interesaba hacerlo, pero ojalá Juan Antonio abriese sus ojos y se interesase por saber que programa electoral ofrecía cada formación, y como podía hacer que se cumpliese.

El problema de España estaba claro y la solución en el fondo también. Sólo hacía falta que cada persona supiese el poder real que tenía.

David miraba a Juan Antonio y a su mujer y les deseaba que saliesen pronto de esa situación. Que el mundo les diese una nueva oportunidad. Por que la merecían, porque todo el mundo merece que se le deje empezar de nuevo.

Ahora era David quien cantaba Soy Español, Español, Español. Porque España era un país privilegiado en muchos aspectos y podía sentirse afortunado de haber nacido en él. Y confiaba que pronto esos héroes que aparecen históricamente, lo hiciesen esta vez para acabar con el capitalismo más salvaje y crear un sistema más igualitario que no fuese en detrimento del progreso y el bienestar.

Imaginaba esa España y también tarareaba, Soy Español, Español, Español…

Sergi Lacorte


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