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03:15 horas, Bagdad, un estruendo le hace perder el sueño. Mira el reloj, todavía faltan 15 minutos para que suene el despertador. Vuelve a intentar conciliar el sueño aunque sólo sea durante ese tiempo. Nada. Como cada día en el que le toca el relevo en ese turno, se levanta, desayuna y se dirige hacia la sala de control. Los ojos que todo lo ven. Son las 03:45 y el compañero al que le hace el relevo le informa de lo ocurrido durante la noche.

Así día tras día durante cuatro meses en los que las explosiones y los disparos se convierten en algo normal. Esta es la vida de uno de los ocho ángeles custodios que protegen al embajador de España en la capital iraquí, un trabajo que muy pocos conocen y poco reconocido dentro del propio cuerpo.
Cuando uno viaja fuera de España y le surge algún problema, corre raudo a la embajada española a buscar cobijo y protección. Estos lugares, repartidos por todos los continentes, cobran más sentido aún si cabe, cuando se encuentran fuera de la Unión Europea. Iraq, Afganistán, Pakistán son países estrella donde las embajadas adquieren mayor sentido, ya que el peligro acecha en cada esquina y existen muchos empresarios con intereses en estos países a los que prestar protección ¿Pero quién protege a los diplomáticos que velan por la seguridad de los españoles en estas zonas de guerra?

Hasta hace tres años, doce miembros del Grupo de Operaciones Especiales (GEO) del Cuerpo Nacional de Policia se encargaban de velar día y noche del embajador y de las instalaciones de la embajada española en Bagdad. Hombres pertenecientes a un grupo de élite del CNP acostumbrados a vivir al límite y a enfrentarse a situaciones de verdadero peligro en su trabajo cotidiano.

Pero todo este sistema cambió en el año 2012, cuando el Ministerio de Interior decidió que serían miembros de las Unidades de Intervención Policial (UIP) los que se encargarían de escoltar y proteger las instalaciones diplomáticas. Muchos achacan este cambio a la mejora de la situación política de Iraq, pero son muchos más los que lo relacionan con recortes presupuestarios.

A pesar de percibir un menor salario, de que su estancia en estas zonas es de cuatro meses, frente a los dos meses que estaba el GEO y a pesar de no recibir ningún reconocimiento por parte de las altas esferas mediante las conocidas “medallas pensionadas”, son cientos los agentes que presentan sus instancias para formar parte de estos equipos especiales de seguridad diplomática.
La vida de estos hombres en Bagdad bien podría calificarse de un infierno, no sólo por las altas temperaturas que alguno de los relevos tiene que soportar, sino porque nadie está preparado para lo que se van a encontrar allí. Nadie está preparado para residir en un país donde existe una guerra constante, las alegrías se celebran con tiros al aire y donde la mayoría de la población no sabe leer pero si utilizar un fusil AK-47.

Todo comienza con la presentación de una instancia. Una comunicación que les dice que han sido seleccionados para realizar el curso de preparación para prestar servicios de protección en las legaciones diplomáticas españolas en zonas de conflicto. Un curso insuficiente de unas 40 horas que no les asegura que finalmente vayan a desempeñar estas labores, ya que muchos se quedan en el camino por no cumplir los requisitos. Les enseñan a abordar posibles situaciones de peligro, a mejorar el uso de armas de fuego y las técnicas de protección.

Los que se presentan voluntarios deben de ir preparados psicológicamente por su propia cuenta para lo que se van a encontrar allí, no sólo en las calles de la capital iraquí sino también en la convivencia del día a día. Lo más importante, dejarse los problemas en casa. Ocho hombres conviven durante cuatro meses encerrados en un búnker de donde sólo salen para escoltar al embajador a sus reuniones. Cualquier problema entre compañeros puede hacer de estos cuatro meses un infierno.

Meten en una maleta todo lo que creen que van a necesitar en estos cuatro meses, ropa táctica sobre todo, y cosas con las que matar el tiempo y entretenerse, ya que allí la vida social es nula. Un vuelo interminable con escala de más de 5 horas en Turquía que les lleva al aeropuerto de Bagdad en el que sus compañeros les pasarán el testigo. Nada más salir del recinto, la primera imagen ya es impactante, el ejército desplegado. Esto posiblemente ni los más veteranos lo habrán visto en España, donde este despliegue sólo se relaciona con catástrofes o con la época franquista.

Cargados todo el día con el equipo de transmisiones, un chaleco táctico de más de 8 kg de peso con sus placas balísticas, el fusil automático, una HK en el muslo y las botas de montaña puestas en todo momento por si hay que salir corriendo, estos ángeles custodian la vida del representante diplomático español en el país, de su familia y de todas las personas que trabajan en el recinto. Una tarea ardua, más aún si te toca en el relevo de verano donde las temperaturas alcanzan los 50 grados, en un lugar donde tu único hobby puede ser hacer deporte, ver la tele o leer, eso sí, encerrado entre paredes de hormigón.
La tensión les acompaña en cada salida, donde cuatro ojos son pocos. Conducir en una ciudad caótica, en un coche blindado donde si hace calor, no puedes bajar las ventanillas, estando pendiente de cada movimiento extraño. Siempre buscando rutas alternativas, la desconfianza es otra de sus grandes aliadas que pueden evitar situaciones de peligro.

Una tensión que no dejan nunca de lado, se acuestan y conciliar el sueño es fácil, ya que apenas duermen cinco horas diarias, pero mantenerlo durante toda la noche suele ser difícil porque las explosiones y tiroteos cercanos al recinto hacen que estén alerta y que se levante sobresaltados en mitad de la noche.
Aun así, cualquiera de ellos repetiría con los ojos cerrados. Se juegan la vida, sí, pero la adrenalina que corre por sus cuerpos durante estos servicios es lo que les hace sentirse vivos. No recibirán medallas, ni siquiera felicitaciones públicas, porque al parecer todo esto cuesta dinero y no lo “merecen”. Pero les basta con el reconocimiento a su labor por parte de los que protegen, de sus compañeros, la sonrisa y orgullo de sus familias al verlos de regreso a España, de sus amigos…
Porque son ángeles y su labor consiste en protegernos y como todo ángel, merecen su reconocimiento.

Ainoa García-Pascual Galván

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