Nunca vi a alguien nadar tanto en el cielo. He visto gente susurrándole al destino y a viva voz, tal vez subidos a improvisadas tarimas. Y peleando solos mientras quizás cruzan una calle cualquiera. Los he visto silbando, cantando, riéndose, hablando y hasta bailando solos en medio del gentío. Pero de los que hablo no son aquellos que pretenden alguna propina. Me refiero a aquellos que hasta los he visto llorando en un rincón y a la vista de toda la calle como si fueran invisibles por indiferencia, propia o ajena. De esos hablo: nunca había visto a alguien volar tan alto, ahí en el cielo como esa mujer con la que me crucé anoche.
Los ojos tan perdidos en un mar de nubes que habían empezado a moverse tan rápido como cualquier rompiente. La vi saltar la espuma de algunas de esas olas. Ella absorta solo mirando el cielo que se preparaba para una tormenta. Aguantaba la respiración al meterse en cada nube, para salir con los brazos infantilmente al aire. Sin perder el equilibrio mirando ese cielo que algo más le daba. No rezaba, no. Pude ver su mirada tan concentrada al entrar y salir de cada ola, y algunas eran tan grandes que jadeaba al finalizarlas. Ella no despegaba sus pies del mismo suelo del que yo me sostenía. A veces giraba un poco pero seguía buceando entre las estrellas con un balance impecable. No reía, no lloraba, no. Caminaba entre esa espuma rosada sin sacudirse los pies.
La miraba con tantas ganas que quise acercarme. Le sonreía pero no me vio. La veía tanto hasta que me preocupé sabiendo que el tiempo no paraba. No paró. No paraba aunque las nubes crecían cada vez más, el viento la despeinaba y yo tenía frío. El reloj no paraba aunque las dos admirábamos con tanta pasión sin saber por qué. Ella seguía ahí nadando con el cuello quebrado inmutable. Quería meterme, preguntarle, dejarme llevar, seguirla, y empujarla, gritarle, quedarme yo con esos ojos sumergidos. Con mis ojos, eso quería. No había luna y las estrellas se me escapaban entre su mirada y las nubes. Pero ahí quería yo sumergirme, sin perder el equilibrio, saltar y mojarme con el salitre rosa en el cielo. Y ella ahí, sin preocuparse por mí seguía sin entender a qué.





