Menuda tarea la de ser romántico por estos días. Aquel que pretenda jactarse de sentimental hoy, deberá estar dotado de una importante dosis de creatividad y una gran cuota de imaginación. El precepto de que todo tiempo pasado fue mejor se cumple de modo inexorable, al menos, en cuestiones de amor y de pasiones.
Cualquiera que tuviera la pluma fácil hubiera sido Shakespeare en el siglo XVI. ¿Cómo no concebir tragedias desbordadas de belleza en pleno movimiento barroco? ¿Qué otra opción les quedaba a Julieta y a Romeo que no fuera fundirse en pasión hasta la muerte misma si amanecían, cada día, en los perfectos balcones de la idílica Verona? Desafiar a ultranza a Montescos y Capuletos era casi obligación ante tan bucólico escenario. Imagino al pobre William hoy, inventándose musas entre los rascacielos. ¡Tremenda inversión en enredaderas y dobles de riesgo le hubiera demandado la obra! O escribiendo: “Si profano con mi indigna mano este sagrado sacramento pecado de amor será”, para que su ardiente protagonista lo envíe por whatsapp a su amada. Apuesto mi alma a que habría claudicado a dos líneas del prólogo.
Ni hablar del romance epistolar con que el querido Gabo Márquez nos hizo saber del amor en los tiempos del cólera. ¿Quién no ha sucumbido ante esas cartas cargadas de vehemencia a bordo de un barco? A esos corazones desangrándose en tinta les han bastado sólo unas cuantas hojas amarillentas para dejarnos sin suspiros. Dudo que un Florentino Ariza escribiendo a su adorada Fermina por Hotmail y enconmendándose a los santos de la Internet para que la señal de wi-fi no le falle, hubiera sido capaz de provocar en sus seguidores un atisbo de emoción.
Sin dudas, la tecnología ha contribuido a mejorarnos la vida en innumerables aspectos. A través de ella hemos conseguido mejor salud, confort, transportes y comunicaciones, entre tantas otras cosas. Excepto cuando la misma es usada en función de poner guerras en marcha, no hay puntos reprochables en que la humanidad evolucione. Quizás, si hilamos fino, podríamos entablar jugosos debates religiosos o filosóficos en torno a cómo y cúanto la civilización avanza o retrocede en algunas cuestiones por y a pesar de la ciencia. Pero eso sería meternos en un terreno más complicado y exigente de idoneidad para opinar con criterio. Y además, desviaríamos el punto inicial de este escrito. Después de todo, la nota iba dedicada a los fundamentalistas del sentimentalismo. A aquellos que, como a mí, la cosa se nos ha puesto difícil a la hora de defender utopías. Y en especial, ante el desafío de volcarlas en palabras bonitas en pos de conquistar lectores.
Aún así, a no desesperar, mis queridos románticos. El amor sigue siendo el sentimiento universal por excelencia. Desde lo filantrópico hasta lo carnal es, junto a la capacidad de pensar, la principal característica que identifica a la raza humana. Y para darle entidad a tales definiciones, Cupido nos sorprende cada catorce de febrero con un despliegue de maravillosas postales virtuales y besos en hologramas, con regalías a cuenta de San Valentín. Los clásicos que nos han inspirado siempre, desde la literatura o la música, pueden descargarse en prácticos y funcionales formatos pdf o mp3 para nuestros teléfonos móviles o tablets. Y los balcones de Verona se vuelven imponentes desde un wallpaper en nuestro monitor lcd.
Menuda tarea la de ser romántico por estos días. Solo será cuestión de acostumbrarse a cielos y lunas medidos en pixeles. A poesía en ciento cuarenta caracteres. Y de aumentarle la memoria ram a nuestra fuente de inspiración.
Adriana Esposto






