Diario de Elisabeth:
Londres, 8 de abril de 1858
A las seis y media he encendido el fuego de la cocina, donde habré dormido unas seis horas. Luego me he puesto a limpiar el hollín, a barrer y quitar el polvo. He lustrado ocho pares de botas y seis de zapatos del señor y señora Ashton y sus cuatro invitados, los señores Stewart y Tull.
Me entretuve en acabar de afilar la otra mitad de cuchillos que me quedaba de ayer. Corté un trozo de cuero y lo embadurné con la pasta de tiza y manteca de cerdo que yo misma elaboré hace dos días. Tras lo cual los engrasé con grasa de cordero para evitar que se oxiden y los guardé envueltos en papel. Desenvolví los cubiertos que afilé la mañana anterior, los lavé y sequé.
A medida que los dueños de la casa y sus invitados se fueron despertando, subí a cada dormitorio dos recipientes de agua que previamente había calentado en la cocina y seis paños limpios, dos para secar los vasos, otros dos para las sillas de los orinales y un par más para el aseo personal.
Preparé después el desayuno que sirvió la joven Florence. Bajé las jofainas del agua sucia y los trapos usados. Hice las camas y vacié los orinales procurando como siempre que ni los señores ni sus huéspedes pudieran cruzarse conmigo y sus orinales por la escalera y el pasillo.
Lavé los platos. Empecé a preparar la comida. Salir a hacer un encargo para la señora Ashton. Al volver el señor me propinó una azotaina con su vara porque había salido a comprar con la ropa sucia del trabajo. No he llorado como lo hice ayer cuando me pegó después de servir la cena por oler mal y no haberme presentado debidamente aseada. Anoche al terminar mis servicios, a las doce, tampoco me bañé. El cansancio y las lágrimas me sumieron rápidamente en un sueño intranquilo.
Acabé de cocinar y Florence volvió a encargarse de servir la comida. Fregué de rodillas el suelo y la escalera de la casa así como la acera de la calle. Lavé la vajilla y cubiertos. Limpié la repisa de las ventanas. Ordené la despensa.
Preparé la cena. Fregué los platos. A las diez de la noche he tenido que ponerme a calentar y subir a los dormitorios cerca de cincuenta cubos de agua para que los señores Ashton y sus huéspedes pudieran disfrutar de un baño caliente antes de irse a dormir. Y ya de madrugada, cansada en extremo, sucia y sudorosa me he metido en la cama.
Autor: Celia Hernández






