Fotografía: Joaquim Manzano (El Clos Conesa)
Ha llegado la Semana Santa y he visto un artículo en una página llamada «Yo fui a EGB» que me ha emocionado. El artículo habla sobre esos abuelos que nos recibían en el pueblo.
Cuando yo era pequeño, los mejores veranos de la infancia los pasé en mi pueblo. Pueblo lo asocio a inocencia, libertad, imaginación. Lo asocio a estar todo el día en la calle, a amigos de infancia, familia, a bicicleta, a naturaleza, a montaña. Lo asocio a felicidad.
Y lo asocio a mis abuelos. La página «Yo fui al EGB» ha descrito de un modo en el que muchos nos hemos sentido identificados, como era la relación abuelo-nieto cuando llegaba la familia de la ciudad, mediante una serie de tópicos.
Creo que los que hemos tenido pueblo entendemos esa vinculación, esa añoranza.
He cogido algunas partes de ese artículo y un comentario que me ha llegado a alma hasta el punto de arrancarme unas lágrimas.
«Salir a esperarte a la carretera (podían tirarse ahí todo el día) hasta que llegabas.
Preguntarte: “¿Has arrojao?” cuando lo que querían saber es si te habías mareado en el viaje y habías vomitado.
Decirle a tu madre (su nuera) “qué gorda estás” en plan piropo y tenerla agobiada todas las vacaciones. Atacar con un “vamos a comer”, cuando todavía tenías el estómago revuelto del viaje.
En los postres preguntar: “qué vamos a hacer para cenar” o incluso “qué hacemos para comer mañana”.
Percibir el sonido del camión del frutero o panadero media hora antes de que llegara al pueblo.
Bueno, se os olvidó el mítico “¿llegásteis?” cuando era bastante obvio que sí…
Una muy típica era: ¡qué alto estas! o ¡Cómo has crecido! O estás muy delgado. Cuando tú te veías igual
El darnos dinero a escondidas
Despedirse llorando diciendo que era el último año que os veía.
Cuando nos íbamos a dormir y nos contaba cuentos a todos los nietos.»
Si habéis disfrutado de esa sensación de amor incondicional, si podéis mirar atrás con esa inocencia, si podéis viajar por el tiempo ni que sea unos segundos, es muy probable que al igual que a mi os emocione el comentario que hicieron en la misma página citada y que copio literalmente a continuación:
«Jo, que recuerdos. Escribo esto con un nudo en la garganta y los ojos bañados en lágrimas. Solo me queda una abuela que tiene ya 90 años, y está invalida y con alzheimer. Cuando íbamos al pueblo esperaban pacientemente el tiempo que hiciera falta nuestra llegada. Nos agasajaban con besos y sacaban de la despensa lo mejor que tenían. Mis abuelos tenían cerdos, gallinas conejos, pavos, incluso un mulo. Entonces bajábamos corriendo a la parcela a darle un beso al abuelo. Que al ver que habíamos llegado emocionado, esperaba a que fuéramos hasta el para comernos a besos.
Compraban pepsi y solo nos dejaban beber un vaso a la hora de comer. Nos daban 25 a escondidas para que fuéramos al kiosko a comprar altramuces.
Por la noche nos íbamos tíos primos al bar del pueblo a tomar unas tapas, pero los abuelos se quedaban en casa cuidando a algún primo que todavía no había cumplido el año de edad.
Abuelo/a se que estáis en el cielo y que cuidáis de nosotros, sabéis que os quiero y que os llevo en mi corazón.»






