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El fenómeno del selfie ha revolucionado Internet hasta el punto de que muchos se obsesionan con estas fotos y confunden el mundo virtual refugiándose en él para huir de su vida real. Esto da lugar a trastornos y a la recreación de una existencia ficticia donde nada es lo que parece

¡Pon morritos y mira a la cámara que vamos a hacernos un selfie! ¿Quién no oye por todas partes frases similares a ésta? Hace tan sólo unos pocos años apenas nadie sabía el significado de este anglicismo que, hoy día, sin embargo, parece haber revolucionado no sólo la redes sociales sino una forma de ser e incluso de vivir.
Ya nos hemos básicamente acostumbrado a que el día a día de muchas personas sea casi retransmitido en directo a través de muchas de las aplicaciones de moda instaladas en los dispositivos móviles. Y, poco a poco, ya hasta nos parece medio normal porque ¿qué tiene de anómalo que alguien se limite a contar en su muro de Facebook qué ha desayunado esa mañana; dónde está en ese momento; a dónde va y con quién (selfie incluido saludando a la cámara, por supuesto); o cuánto acaba de correr (perdón, de practicar running) y qué recorrido ha realizado?

Posados de Instagram
También son muy interesantes las fotos de Instagram, donde los comentarios ya son más escasos y sobran las palabras que antes teníamos que escribir, para dar paso a la imagen que se ha hecho incluso más protagonista. Gracias a esta app el selfie ha ido ganando terreno y existen auténticos manuales acerca de esta cuestión –muy rigurosos, por cierto (y esto sí es ironía)- sobre cómo conseguir una autofoto perfecta, con nombres y tipos de selfies ideales para cada ocasión y un vocabulario increíble que despistaría incluso al más friki.
También es una cuestión de modas, como todo, y del postureo individual pasamos al de grupo (que aún seguimos haciéndonos y que también fueron protagonistas en eventos tan reconocidos como los Oscar); o nos atrevemos a enseñar momentos tan poco favorecedores como el de recién levantados o tan íntimos como el de después de hacer el amor. Un tanto incomprensible, sinceramente, que en esa situación tan especial y placentera lo único que se le ocurra o le apetezca a alguien es salir corriendo a coger el móvil para inmortalizar el instante –o alardear, más bien- con un selfie y subirlo a sus redes sociales.

Mi mundo virtual
En principio no es nada “raro” compartir cosas con tus amigos virtuales y todos lo hacemos, no estoy en contra, pero en su justa medida, como todo. Me preocupan los extremos. Esas personas que sólo viven para ello. Esos otros que confunden ese mundo de ficción y lo prefieren a su vida real, idealizando este primero. Incluso aquellos que dejan entrever sus carencias o una personalidad un tanto patológica (ya sea su soledad, su timidez, su falta de habilidades sociales, de empatía, de amigos, de comunicación, de saber relacionarse con otros, sus frustraciones…) e intentan enmascararla con frases idílicas en las que ni ellos mismos creen o con un selfie puramente estudiado.

Disfraz perfecto
Compatibilizar ambas sería lo ideal y el equilibrio perfecto, ya que nunca debe abandonarse la vida social real, un cara a cara, poder hablar con otras personas (y no a través de una pantalla), compartir experiencias vitales y risas auténticas sin necesidad de un selfie cada cinco minutos que interrumpa una buena conversación.
El disfraz que muchos adoptan ante el anonimato no conduce finalmente al camino más adecuado y, como ya vienen advirtiendo desde hace tiempo psicólogos y terapeutas, desencadena en amenazas, trastornos de personalidad, acosos, pérdida de la verdadera personalidad y otros problemas de identidad.
Hace unos años se hizo una breve encuesta en la Red en la que se instaba a los internautas a responder a la sencilla cuestión de si preferían vivir en el mundo virtual de Internet o en su cotidiano mundo real. Al menos, la mayoría de respuestas que se recibieron coincidieron en que era mucho mejor –con sus factores buenos y malos- la realidad donde podían hacer mil cosas y disfrutarlas.

Deseos y anonimato
Sin embargo, donde sí coincidían todos era en afirmar que dentro del ordenador existe un lugar maravilloso lleno de deseos, donde están permitidas realizar mayores desinhibiciones, ya que el anonimato ayuda a ello en gran medida.
Por lo tanto, ese componente en gran parte desconocido, de misterio, que da la posibilidad de ponerse una máscara (como si fuese un baile de disfraces), de construir la personalidad que apetezca, de subir un selfie siempre sonriente y parecer que la vida siempre es feliz es algo que atrae a muchos.
¿Por qué enseñar las miserias, penas o problemas si se puede enmascarar eternamente con un emoticono?

Sandra F. Gere

Sandra

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