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Anacleto se pasaba las horas sentado en el sofá con el libro Cien años de soledad reposando al lado, mientras miraba la mancha de humedad en el techo altísimo de su casa. Desde que la descubrió, el anciano probó diferentes formas para llegar hasta ella y así cubrirla con una gruesa capa de pintura. Pero le era imposible subirse a una escalera, porque no existían tan altas. Entonces ideó un sistema de poleas. No fue fácil pasar la cuerda por uno de los agujeritos de la lámpara de araña del salón, ya que como Anacleto nunca había jugado a baloncesto, la puntería no era su fuerte. Una y otra vez lanzó la cuerda hacía arriba. Después de cuatro días, por fin, logró su objetivo. Estiró el extremo de la cuerda por la lámpara, fue hacia la ventana y la anudó fuertemente a la manija. A continuación, se colocó un arnés, recuerdo de sus aventuras montañeras de juventud, se enganchó un piolet y éste lo sujetó tensa a la cuerda. Aseguró en las trabillas del arnés el cubo de pintura y la brocha y empezó a ascender por la cuerda. Cuando le quedaba tres palmos, la cuerda cedió. El batacazo de Anacleto fue espectacular. La lámpara siguió el recorrido del pobre anciano, rompiéndose en mil pedazos. En ese momento, hubo un cortocircuito que dejó la casa sin electricidad para siempre. Después de aquello, lo intentó de mil maneras, destrozando objetos, mobiliario y todo lo que había en la estancia.

Después de los intentos fallidos, Anacleto se dejó caer en el sofá y así fueron pasando los días. Una tarde mientras observaba como crecía la mancha, advirtió la presencia del libro que tenía al lado del sofá. Desde que lo leyó, de eso ya hacía años, lo había dejado allí olvidado. Encendió una vela y hojeó la novela. Los fragmentos que leía le hacían recordar todo el argumento de la inolvidable familia Buendía. Y, como por arte de magia, al anciano se le ocurrió una idea. Fue a abrir todas las ventanas y selló la puerta de entrada. Se acomodó en el sofá y esperó a que se le inundara la casa como en Cien años de soledad.

Los viejos del lugar cuentan que consiguió tapar la mancha de humedad, después de cuatro años de lluvias intensas, por fin Anacleto alcanzó el techo flotando. Dicen que al día siguiente murió dulcemente abrazado al cable de una lámpara de araña que alguna vez le había dado luz. 

Pili Egea

pili egea

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