Y UNA COSA LLEVA A LA OTRA…
A pesar de lo que oigáis por ahí, la Navidad no se acerca. La Navidad irrumpe de golpe como una manada de alborotados dinosaurios conscientes de que se les acaba el turno en La Tierra porque la inminente lluvia de granizo XXL procedente del espacio exterior no constaba en su manual de supervivencia. Aunque ahora dicen que fueron los volcanes los que terminaron con estos bichos prehistóricos. Yo apuesto por el mayor depredador de la Historia como causante de su aniquilación. Sí, ese mismo animal bípedo que se empeña en liquidar a sus semejantes sin necesidad de comida o cobijo, sólo para marcar terreno, por diferencia de criterios o porque le sale de los cojones, con perdón.
Ya hace días que huele (o apesta, según se mire) a Navidad. Lo notamos en esas luces navideñas que empiezan a colgar en las calles cuando todavía vamos en manga corta, en los carteles en las tiendas de conciertos de Fin de Año, en los spots televisivos de muñecas que hacen de todo para que las niñas no tenga que hacer nada, en la repentina sonrisa extrema del portero, en la llegada de “Blanca Navidad” a la cartelera teatral e, incluso, como bien dice Toni Moog, en los gorritos de Papá Noel que lucen las prostitutas de La Rambla.
También somos conscientes de la inminencia navideña porque todo el mundo te ofrece lotería de Navidad (pagando, eso sí, no como el anuncio de la tele), porque el calendario se acaba como si no hubiera vida más allá del 31 de enero y porque la gente empieza a felicitarte “por si acaso no nos hablamos”. Antes, este “por si acaso no nos hablamos” no existía porque, si querías felicitar a alguien, lo hacías cuando tocaba, es decir, a pocos días de la Navidad, ya fuera mediante llamada telefónica, enviando una felicitación navideña vía correo postal o presentándote en casa de amigos y familiares para hacerlo en la versión 3D + HD.
Ahora, no. Ahora, te vas despidiendo como si a partir del 20 de diciembre entraras en un agujero negro sin indicaciones de salida ni luces de emergencia y, el día de Navidad y en Fin de Año, te limitas a enviar un whatsapp a todo el mundo con un texto que has encontrado en Internet o te ha salido en una galleta de la suerte. Da igual que el mismo mensaje vaya dirigido a un amigo cachondo o a tu abuela, lo importante es economizar recursos y evitar tener que hacer envíos personalizados, que esto ya está muy demodé; tanto como la propia expresión “demodé”.
A veces cruzo el mismo puente que James Stewart en “¡Qué bello es vivir!” y me da por marcarme un flashback en blanco y negro, y BSO de Nat King Cole, hasta mi más tierna infancia, en un pueblo pequeño donde no había nieve, pero sí humeban las chimeneas, aunque no existía ningún Papá Noel que precisara meterse por ellas porque entonces, al menos allí, sólo había Reyes Magos con regalos y nada de Santa Claus, ni Caga Tió, ni Amigo Invisible. Bueno, amigo invisible sí que había, era el niño afortunado que podía largarse del pueblo para pasar las Navidades en una gran ciudad y volver con juguetes nunca vistos por nuestros inexpertos y poco viajados ojos.
Cuando yo era pequeño, todo era más lento; bueno, todo menos mi tía Dolores que entonces era un rayo imparable y ahora que ronda los 70 se lo toma más en calma, aunque sigue recorriendo todo el pueblo con la misma bici sin luces ni frenos. Me acuerdo que montábamos el belén un par de semanas antes de Navidad y dejábamos a los Reyes Magos en un extremo del paisaje, justo donde se acababa el río de papel de aluminio y permanecía sentado el caganer sin un atisbo de vergüenza en su cara, y los íbamos acercando, poco a poco, hacia el portal para llegar ahí justo el día de Reyes. Pues, esa pequeña ruta de apenas tres palmos de distancia a recorrer en tres semanas se me hacía eterna. A veces, influenciado por las películas de vaqueros, enviaba a Baltasar a otear el terreno del mismo modo que los indígenas norteamericanos eran utilizados como exploradores por el Séptimo de Cabellería. La única diferencia era que, en mi caso, el rey negro no moría abatido a tiros frente el portal ni apalizado por un grupo de agentes de policía californianos que intuyen que el sospechoso trafica con hierba.
Hablando de hierba, una de las experiencias más emocionantes en esa pre-Navidad rural era cuando mi padre me llevaba al campo a cortar hierba para ofrecerla como presente aparentemente altruista a los caballos de los pajes que acompañaban a los Reyes Magos en la cabalgata. Luego, al crecer, observé cómo en otros pueblos son más listos y lo que hacen es pasar del caballo y, directamente, ofrecerle coca de la de comer y moscatel al paje para combatir mejor el frío, lo que, sin duda, te abre las puertas más rápidamente hacia Sus Majestades. Seguro que El Bigotes se crío en un pueblo de estos…
Eran épocas en las que TVE tenía el 100% del share porque no había más que sus dos canales: la VHF o “primera cadena” y la UHF o “segunda cadena” (¿adivináis qué número de cadena le tocó a TV3 cuando apareció?). Así que los especiales de Nochebuena y Fin de Año con humoristas, cantantes y un poco de destape los veía todo Dios. Ahora, en cambio, tienes tanto donde elegir que no logro explicarme porqué continúan emitiendo todas las televisiones las mismas películas de siempre y los especiales navideños siguen la misma estructura José Luís Moreno style de antaño.
Por eso, como ya no confío pillar de nuevo en directo la sospechosamente fortuita salida de pecho de Sabrina ni espero que Ramón García utilice su capa para salir volando de la Puerta del Sol, yo hace años me compré tres películas imprescindibles para estas fechas: 1 -“Bad Santa”, esa película protagonizada por un innombrable actor al que admiro-odio por su cierta propensión a aprovecharse de MILF de bandera en situaciones de debilidad emocional, como hizo con Halle Berry en “Monster’s Ball” y con Susan Sarandon en “Cuestión de pelotas”; 2 – “Love Actually”, con un tremendo Bill Nighy que se sale en su papel de rockero trasnochado (“Mensaje importante de vuestro tío Bill: no compréis drogas; convertíos en estrellas del pop, ¡os las darán gratis!”) y, por supuesto, 3 – “La vida de Brian” que, por sí misma, daría para un artículo entero, pero me conformo con parodiar uno de sus célebres diálogos:
Bueno, pero, aparte de los regalos, las comilonas, los reencuentros con la familia, las farras de Fin de Año, las vacaciones navideñas, las pagas extra y la ilusión porque nos toque la Lotería, ¿qué ha hecho la Navidad por nosotros?
Nos ha dado la paz.
¿La paz? ¡Que te folle un pez!



