Isaac Díaz Salvado

Da igual la cosas que tengamos en la cabeza, los problemas que podamos acarrear o el estado de ánimo con el que nos hayamos levantado. Hay una sensación que solo conocemos los pilotos, que puede con todo, la sensación de volar.

Hoy es un día especial para mí. Un día que he repetido centenares de veces, pero que jamás pierde su intensidad, un día en el que voy volar.

Una vez tomo los mandos soy otro. No sabría definirlo de un modo muy prosaico, así que simplemente os diré que lo podría llamar como alguien en un estadio brutal. Ahora mismo estoy concentrado en la Check List. Es la lista de todas las cosas a revisar antes del vuelo. No me puedo saltar ni una, nunca lo hago. Hacerlo bien me puede salvar de un fatídico accidente. Todo está ok, todo está perfecto. Me concentro en lo que he de hacer y en todo lo que puede pasar. Me anticipo a ello. Problemas mecánicos, estructurales, gobernabilidad de los comandos… anticiparme es salvar la vida.

Paso al despegue del avión. Para los que nunca habéis volado, deciros que es la situación más crítica. Voy a máxima potencia, los depósitos están llenos, hay poca altura y carezco de visibilidad; un fallo de motor me obligaría a bajar el morro rápidamente. No hay margen para la falta de reflejos ni para la incapacidad de reacción. Mi concentración está volcada en la ejecución de la maniobra. Por fin llego a ese punto de equilibrio en el que a más velocidad y más altura, más seguridad.

Me dirijo Mallorca. Tengo todo controlado, el aeropuerto al que dirigirme, el aeropuerto alternativo, la meteorología. Viajo en un estadio de tranquilidad a la vez que de concentración constante.
Recuerdo las épocas de prácticas. Tuve un buen instructor. Una persona que no solo era experta en volar sino en conocernos, saber nuestras reacciones, nuestros fallos, en sabernos transmitir lo que debíamos hacer para volar y en valorar si podríamos ser pilotos alguna vez o si por lo contrario debía mandarnos a casa con una palmada en la espalda y un lo siento.
Ahora me veo aquí arriba y pienso en el día en el que me dijo “hoy vuelas solo” Aunque solo me acompañaba ya que hacía tiempo que lo hacía yo todo, para el subconsciente era tranquilizador saber que si cometía algún error él lo solucionaría. “Tranquilo, si te dejo volar solo es porque estoy 100% convencido de que puedes hacerlo” Toda la responsabilidad caía sobre mí, estaba solo, muchos nervios y adrenalina se apoderaron de mí, pero lo hice, lo logré.
Aquel primer vuelo era cosa lejana y la sensación era muy distinta, pero nunca lo olvidaré. Ni yo, ni ninguno de mis compañeros olvida jamás el primer vuelo. Es un denominador tan común como la necesidad de volar o la capacidad de olvidarnos del mundo al tomar el control del aparato.

Vuelvo al presente, ya no pienso en el primer vuelo, ahora la mitad de mi cerebro piensa en las gestiones propias del pilotaje, mientras la otra repasa mentalmente el procedimiento a seguir en caso de incidencia.
El vuelo termina, he de aterrizar. Si el ascenso es crítico, os puedo asegurar que el descenso es lo más peligroso. Tengo suerte, el viento viene de cara. Estoy preparado para cualquier adversa situación, como la peor de todas, el “cross wind” que venga de todos lados, pero hoy agradezco la tranquilidad que me da el que sea un aterrizaje de manual.

Bajo del avión con cierta añoranza. Un piloto siempre lo añora, es nuestro complemento. Podría explayarme explicando las sensaciones y los sentimientos de un piloto, pero realmente solo se entienden si se viven. He palpado la felicidad, me he sentido libre, y he hecho lo que más me gusta en esta vida. Soy piloto, si algún día os convertís en ello, bienvenidos a mi mundo.

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