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Autor: Carola

Fuente: http://cementeriodeprincipesazules.com/

Pasaron treinta años y una mañana aparece una solicitud en Facebook. Él mismo. Igualito. Con la misma sonrisa, menos pelo, canas, pero era él.

Acepté inmediatamente. ¿Cómo podía ser que yo, tan enamorada en mi adolescencia, no se me haya ocurrido buscarlo por las redes sociales?. Ni esa picardía me dejó el enojo. Simplemente lo borré de mi cabeza.

Se había presentado en la fiesta sin mi. Fue con otra (su novia), así me contaron las chicas al día siguiente.  Lo llamé le dije que pasara por casa a buscar las cartas de amor que me había escrito. Se las di todas. Y me lo olvidé.

Ahora sentada frente a la  computadora me encontraba hablando de nuevo. Escribiendo, perdón. Lo nuestro siempre fue epistolar. Empezó todo muy amable, con algunas palabras que me hacían sonreír: “Guapa, bonita. Sabía que te iba a encontrar”.

Fueron pasando las semanas y los chats se volvieron pautados. Con horarios fijos y de vez en cuando alguna sorpresa maravillosa. Me apuré a elegir una canción que me gustara para el sonido, así que cuando “Aves de paso” de Sabina aparecía  sabía que era él.

Mi novio ni lo registraba, le quise contar pero no le interesó el tema. Así que yo liberada de culpas me lancé a dejarme conquistar. Me acuerdo de esa época y me río sola. Me cocinó a fuego lento. Hasta que caí envuelta en llamas a sus pies, perdón, a su chat.

Un día le pregunté por qué me buscó de nuevo, si no sabía nada de mi vida ahora, que podía haber cambiado y haberme convertido en una bruja, y su respuesta todavía la recuerdo: “sos vos, es tu esencia la que busco, eso no cambió”. ¡Pero si no es para morirse semejante respuesta!

Llegó el día del encuentro. Un almuerzo. Llegué primera al restaurant y me senté. Sumergida en la novela ” El albergue de las mujeres tristes” -presagio de lo que vendría- lo esperé. Suena el celular (enseguida lo ataco): “¿me estás dejando plantada?”.  ”Guapa, si te estoy mirando las espaldas”. Me di vuelta, ahí estaba, sentado en otra mesa sonriendo. Traje gris, camisa blanca sin corbata. Nos abrazamos, nos reímos.  Cuando empiezo a hablar cierra los ojos y me dice: “ay, tu voz ahora la recuerdo, qué divina es tu voz”.

En poco tiempo ya había dejado a mi novio. Y lo esperé a él. Solo podía verme una vez cada tanto, muchos viajes. Me escribía mensajes chateábamos horas pero vernos, casi nada. De las cartas de la adolescencia pasamos al chat y mensajes de texto.

Nuestros pocos encuentros fueron regados con besos apasionados. Es el hombre que mejor besa en todo el universo y alrededores. Pero de lo otro ni hablar.  Por chat amenazaba con hacerme ver las estrellas  pero cuando me tenía enfrente suyo siempre había alguna excusa  para no llegar a intimar.

Consulté a mi gurú. Es gay sentenció.

Hasta que un día llegó la invitación con cepillo de dientes. La más esperada. Esta noche pasa todo.

Y no resultó. La desilusión fue enorme. Lloré más de dos lágrimas. Adelgacé. Lo volví a olvidar.

Y hoy está ahí. En mi chat. Recibo mensajes de feliz cumpleaños, día de la madre, día de la mujer, navidad, año nuevo.

Lo nuestro siempre fue y será epistolar.

Pero como yo amo la música tengo un tema que es para él. Lo canta Vicentico y es de Andrés Calamaro. “Para no olvidar” ni yo ni él nos olvidaremos jamás.

 

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